Título original: Le garçon du bord de l´eau.
Estamos ante una novela juvenil publicada en 1985, la primera de este escritor traducida al español.
Pierre y Céline son escritores. Un día, él está caminando cerca del río que pasa cerca de su casa cuando observa a un chico de unos doce años disfrutar del agua, a veces recorriendo partes del río peligrosas u oscuras, siempre con desenvoltura y seguridad. Esa escena suscita en la mente del escritor, que acaba de terminar una novela recientemente, una serie de cuestiones intrigantes que lo llevan a plantearse escribir sobre ellas: ¿Quién es ese chico? ¿Por qué nunca lo había visto antes? ¿Desea estar solo sin ser molestado? ¿Qué conexión tiene con el agua que navega?
Desde ese momento, el matrimonio tratará de conocer al muchacho, saber de su vida, y se genera una amistad agradable para todos. ¿Cómo enfocará Pierre la escritura de su nueva historia sin dejarse llevar por la cercanía que está construyendo con el muchacho?
Inicialmente este planteamiento me resultó atractivo e intrigante, sobre todo al encontrármelo en un texto de hace unas cuantas décadas, destinado a adolescentes jóvenes y, por todo ello, escrito con un estilo algo diferente a lo que podría esperar a priori. Sin embargo, esa magia que podría haber surgido relativa al proceso de escritura, al encanto de un chico misterioso que parece comprender ese entorno natural mejor que nadie, se va diluyendo poco a poco y termina desembocando en poquito más que acercarse a la vida real del muchacho, a sus dificultades, sin que por lo demás buena parte de los personajes secundarios que aparecen en la narración terminen de resultar interesantes o jueguen un papel muy determinado.
Para bien o, probablemente, para mal, me cuesta muchísimo imaginar hoy día a un chaval de la edad indicada sintiendo interés por una historia como ésta.
Estamos ante una novela juvenil publicada en 1985, la primera de este escritor traducida al español.
Pierre y Céline son escritores. Un día, él está caminando cerca del río que pasa cerca de su casa cuando observa a un chico de unos doce años disfrutar del agua, a veces recorriendo partes del río peligrosas u oscuras, siempre con desenvoltura y seguridad. Esa escena suscita en la mente del escritor, que acaba de terminar una novela recientemente, una serie de cuestiones intrigantes que lo llevan a plantearse escribir sobre ellas: ¿Quién es ese chico? ¿Por qué nunca lo había visto antes? ¿Desea estar solo sin ser molestado? ¿Qué conexión tiene con el agua que navega?
Desde ese momento, el matrimonio tratará de conocer al muchacho, saber de su vida, y se genera una amistad agradable para todos. ¿Cómo enfocará Pierre la escritura de su nueva historia sin dejarse llevar por la cercanía que está construyendo con el muchacho?
Inicialmente este planteamiento me resultó atractivo e intrigante, sobre todo al encontrármelo en un texto de hace unas cuantas décadas, destinado a adolescentes jóvenes y, por todo ello, escrito con un estilo algo diferente a lo que podría esperar a priori. Sin embargo, esa magia que podría haber surgido relativa al proceso de escritura, al encanto de un chico misterioso que parece comprender ese entorno natural mejor que nadie, se va diluyendo poco a poco y termina desembocando en poquito más que acercarse a la vida real del muchacho, a sus dificultades, sin que por lo demás buena parte de los personajes secundarios que aparecen en la narración terminen de resultar interesantes o jueguen un papel muy determinado.
Para bien o, probablemente, para mal, me cuesta muchísimo imaginar hoy día a un chaval de la edad indicada sintiendo interés por una historia como ésta.

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